¿Quién recuerda haber salido a acampar cuando fue niño? Quizá muchos nunca hayan vivido la extraordinaria experiencia de dormir en una carpa, guiarse con una linterna, o en el mejor de los casos con la luz de la luna, dormir en un sleeping, hacer una fogata y contar historias hasta altas horas de la noche. Eso entre lo que normalmente se suele hacer en un campamento. Quizá pocos hayan experimentado esos momentos, porque no es lo mismo, ir a acampar de niño que ir a acampar de adulto.

Se preguntarán ¿Porqué es diferente? la respuesta es simple. Cuando acampan los niños, la experiencia la viven no solo ellos sino también sus padres y madres quienes viven la angustia por desapegarse mutuamente, y es entendible porque muchos padres nunca han considerado dejar que sus hijos duerman fuera de casa, y menos lejos de su supervisión, sin embargo este acontecimiento llega a ser un hito en la vida de los niños ya que también se enfrentan a la ruptura de la cotidianidad, ya no está papá ni mamá atendiendo sus necesidades.

Cuando acampan por primera vez, se encuentran en un espacio donde asumen un rol importante dentro de la comunidad de campistas, son parte activa del lugar no meros espectadores.

En este nuevo rol deben trabajar para el bienestar del campamento, están aprendiendo a vivir en comunidad, sintiendo lo que conlleva ser vecino de los niños de la carpa contigua. Su nivel de responsabilidad ha ganado otra visión.

Saben que cada carpa, que cada grupo de niños, incluyendo la suya debe ser reciproca con las demás. Unos arman la carpa, otros clavan las estacas, los más exploradores van en busca de leña para la fogata, otros en busca de ramas para quemar los malvaviscos, y así se reparten las tareas. Por más pequeña que sea la consigna, para ellos es fundamental, ya que la subsistencia del grupo depende de ellos. Quizá sin tanto dramatismo de por medio, ellos reciben el aprecio del grupo por esas pequeñas cosas que hicieron. Se sienten valorados y también valoran el esfuerzo de los demás.

Como todo es juego y algarabía con sus pares, el horario de comer es lo menos importante, sin embargo el estomago casi en sincronía con su hora habitual de comer, obliga a los campistas a formar filas para recibir los alimentos que mágicamente, ya están listos. Muchos niños desconocen que detrás de todas estas actividades, como su alimentación y seguridad, está envuelta toda la logística de los adultos que los acompañan.

Ya por la noche, cuando el frío se aproxima, alienta a que muchos se comiencen a juntar al calor de la fogata, y al pasar los minutos nacen improvisadamente relatos de chicos y grandes sobre experiencias propias, que se escapan a la razón, siempre acompañadas con exclamaciones de asombro de quienes escuchan con atención, otros simplemente suavizan esas anécdotas contando chistes para alegrar la noche.

Todo fluye con tranquilidad y poco a poco las fuerzas empiezan a mermarse con la correteada de toda la mañana. Ya entrada la noche y dentro de sus carpas hasta los más asustadizos se dan cuenta que aquella sombra que pasa, haciendo crujir las ramas mientras camina, no es más que la persona que los cuida por las noches, solicitando que el silencio ingrese a sus carpas para que el nuevo día llegue pronto, calmando y dando seguridad a su descanso.

Pero la noche parece no acabar. Los más grandes junto con quienes ya han acampado antes, con seguridad y valentía se alejan del campamento en la oscuridad. Los juegos nocturnos han empezado, entre todos desafían su imaginación y habilidad en lo más oscuro de la noche. Claro, no se han alejado arbitrariamente y sin permiso, los adultos están con ellos jugando. La vigilancia y guía de estos es en todo momento. Este juego es para muchos el tema de conversación de cada año, siempre antes de su nueva cita en el bosque.

Al día siguiente, entre risas y bostezos se alistan para desayunar y levantar las carpas para el regreso a casa. Parece que el cansancio no se encuentra en el diccionario de los niños, la energía es sorprendente. Es en ese momento que las actividades dirigidas inician y el momento se presta para aprender algo nuevo a kilómetros de nuestro hogar.

Ya al medio día, y con el sol a lo alto, indica a los campistas que es hora de despedirse de aquel bello lugar, el hogar de un día. La llegada de los buses, que los llevarán de regreso, les hace recordar que hay alguien esperándolos cuando desembarquen, sus angustiados padres y madres quienes no pudieron dormir bien, inquietos pensando ¿Qué tanto hicieron allá?

Pues bien, mediante el juego y la convivencia aprendieron a ser autosuficientes, a ser recíprocos con sus compañeros, a vivir en comunidad, a trabajar por los demás, a apreciar más su hogar de un día, y a extrañar a su familia. Fue la primera vez que durmieron fuera de casa y han aprendido a respetar y cuidar ese lugar al que siempre querrán regresar.

Si alguna vez un adulto fue campista de niño, cuidará esos espacios y regresará a disfrutar de la naturaleza, a recordar los juegos y experiencias vividas en el bosque.

Si usted nunca ha experimentado dormir bajo las estrellas, sentir el frío de la madrugada cuando necesita salir de la carpa para ir al baño, ahora como adulto regálese esa grandiosa experiencia y regale también esa experiencia a sus hijos, ya que son ellos quienes se beneficiarán junto con usted de este gran viaje.

Recuerde que queremos y apreciamos lo que conocemos, compartamos este artículo para que más personas se animen a acampar, o si tienes algún lugar preferido para acampar, compártelo.

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